He intentado convencerme de a poco que volver a la dinámica de un blog como el que quiero, es una verdadera locura. Sin embargo vuelvo. Una forma de decir claro está, porque como el clima, uno no sabe hasta cuando va durar...
Como cada vez que uno intenta repetir una actividad que abandonó hace tiempo, no deja de comparar situaciones. Para no aburrirlos diré que hoy por hoy estoy más ocupado, más viejo y menos predispuesto a hacer cosas sin retribución, no necesariamente en papel moneda (acepto tarjetas, joyas, autos, barcos, etc).
Pero la cuestión es: por qué volver? justo ahora con tanto por hacer...
Simple. Tengo la excusa perfecta. Y al final verán que no me pertenece, digo, no la inventé yo. Pero en resumen: PUEDO CON TODO.
Uno de estos días, especiales porque disfruto de criar a mis niños a pesar de las broncas que suelen generarme, teníamos esas charlas sin rumbos que uno puede tener con niños de 2 años y medio un sábado de frío de invierno por la tarde. Donde la referencia frecuente es la imaginación de situaciones, recurriendo a personajes familiares entremezclados con películas infantiles o personajes de dibujos animados desconocidos para mi. Todo esto mientras disfruto de mates ficticios, deliciosas tortas con forma de pieza de rompecabezas de cartón y helados en forma de pelotas de plástico de colores diversos.
Son charlas relevante para los que quieren ver como la vida dispone de uno y no como creemos. Incluso hasta es posible sentir como el corazón se detiene o se acelera sin hacer más esfuerzo que recibir un abrazo de esos bracitos cortos y un "te quero mucho papá".
Será que uno deja de ser uno. Y termina siendo un chico también.
Así, me termino quedando más tiempo que el que tenía pensado. Intentando evitar emocionarme visiblemente, para no responder a la pregunta de si estoy triste. Y lo evito, mintiéndome sobre lo difícil de hacerles entender que uno podría llorar como un pavo sólo con mirarlos desafiar la gravedad.
Estábamos ensimismados, en la habitación donde hacen y deshacen como si fuera un territorio independiente del que la madre pretende tener siempre ordenado. Yo sentado en el piso, con la espalda a la pared, las piernas extendidas pero cruzadas, y ellos alrededor. Cocinando, cebando mate, subiendo a la cama o bajando pero siempre riendo, cuando no renegando porque alguno molestó a otro.
No recuerdo mayores precisiones al respecto, quizás el golpe emocional sólo me permitió conservar en la memoria la situación para tenerla como referente. Porque la verdad no recuerdo sobre qué hablamos los cuatro con precisión en ese momento.
Ellos en 3/4 de castellano inteligible y yo articulando palabras con un nudo en la garganta que va y viene.
Entonces se detuvo el tiempo. Estoy seguro que si las noticias científicas salieran en los medios cotidianos todos nos habríamos enterado del evento. La tierra dejó de girar y las agujas del reloj se detuvieron, aunque fuera digital.
Se acercó un poco, a poco más de quince centímetro, mirándome a los ojos. Como me gusta que lo hagan cuando hablamos, con esa mirada intensa y alegre, inocente y a la vez inquisidora sobre el mundo que recién empieza a conocer.
A su misma altura prácticamente, mis ojos de papá se regocijaban con su belleza única, imposible de explicar para otros ojos que no fuesen los míos.
Entonces dispara.
Me pregunta, con esa voz pequeñita que hasta parece acariciarme el alma hasta cuando me saluda por teléfono: "papá tu qué eres?".
Pregunta existencial que no termino de resolver todavía, y que de repente ella pretende que responda con la autoridad con la que me reconoce. Sonamos, pensé.
Pero como me enseñara la mamá oportunamente, apelé a lo simple a pesar de lo complejo. "Yo soy un nene grande Ari", respondí con la seguridad de estar equivocado.
No hizo falta que me extendiera. Ella, ejerciendo su derecho de libre opinión me corrigió.
"No, papá, tu no eres grande." Bueno, pensé yo, lo único que falta es que crea que soy de la edad de ellos. Pero insistió.
"No papá, tu..., tu eres un superheue".
Quién haya alguna vez intentado entender la psiquis humana, al menos leído o conjeturado sobre el tema, entenderá mi momento. MOMENTUM, que le llamaban los griegos.
Agréguele a eso una pizca de machismo latino y un toque de devoción de padres a hijos... y ni siquiera podrá aventurarse a entender como me sentí.
Supe en ese momento que podía volar, con o sin capa. Arreglar los problemas del mundo entero chasqueando los dedos y proteger el planeta de todo riesgo poniendo simplemente el pecho o usando mi visión de rayos laser.
Justo cuando pensaba en desgarrar la camisa y mostrar la insignia en el traje de color que me identifica, Lauti insitía con probar mi resistencia al dolor tirándose sobre mis rodillas. Por supuesto no grité a pesar de redescubrir mi mortal existencia. Conservar la imagen puede ser todo para un padre al que confunden con Superman y no quiere ser descubierto todavía.
Seguimos jugando después de la sesión de besos. Pero desde entonces no soy el mismo.
Asi que disculpen mi petulancia, mi soberbia paterna y autosuficiencia existencial, ahora...
TENGO CON QUE.
Hasta la próxima...
lunes 8 de septiembre de 2008
martes 11 de diciembre de 2007
Noviembre
Se escapó entre los dedos, sin querer.
Resultó que viajando, cruzando muchas fronteras, la intención existió, como existe de estar aquí cada vez que pueda, quiera o necesite.
Pero la escusa que me redime es la novela que escribo, no me quita el sueño pero si el tiempo de pasarme golpeando teclas entre presión y nervios.
Ya vendrá gente, la tendrán a mano y hasta me animaré con algún anticipo. Irrelevante para la literatura seguramente pero espero que merezca la mugre de los libros de playa algún día por lo menos.
Estuve en la madre patria unos días, no la biológica España sino la conquistadora, la apropiadora USA. Allí donde el primer mundo se pasea por cada rincón. Incluso donde duermen los indigentes los sueños de los esclavos, o las pesadillas placenteras distantes de el mundo perverso que los rodea, casi como en todas partes, el olvido te vuelve invisible y las lágrimas te coronan solitario.
Orden incómodo el de andar tan ordenado, hasta el desorden tiene lugares preasignados. Abandono el idioma de Cervantes y Cortazar, pero Borges me susurra al oído que aproveche y que me atreva con el de Shakespeare. Le hago caso y me río, me escucho delirando, animándome a más de lo debido. Concedo el adjetivo sustantivo de turista sudamericano, a quién le duelen los precios tanto como los callos de caminar para conocer y evitar los taxis y el tránsito.
Me despierto un sábado en la ciudad de los petroleros y el mundo parece detenido, salgo a la calle y siento que la humanidad ha terminado y soy el último habitante vivo del planeta. Hasta que veo a mis congéneres culturales, los latinos, inmigrantes la mayoría, ilegales casi todos, que pintan de impecable una ciudad casi desierta.
Marta, Francisco, José, María, Rosa, todos López, García, Montes, Lozada o simplemente Ruiz.
Son las variables ocultas de ajuste de una economía increíble, abaratan las tareas operativas. Esos negritos, gordos de mal alimentados, o los mojados latinos hacen funcionar el mundo como los duendes de Papa Noel fabricando juguetes. Barren, cuidan, cortan, levantan, construyen, arreglan, limpian, ordenan y sobreviven con poco.
Economía del primer mundo hipocresía de cuarta. Un país increíble, de gente agradable pensado en grande para afuera, manejado apenas hacia dentro.
Extrañe el mate, la humedad, la siesta, el mangueo, la coima y el asado. Me sentí incómodo pensando en el orden que buscamos por estos pagos, queriendo ir hacia un lugar que no existe, si no es que lo creamos. NOSOTROS.
Nos olvidamos de creen que podemos ser "nosotros", confiar y pensar que hay mucho trabajo en camino para construirnos en la complejidad de hacerlo inclusivamente amplio y simple. Agrandamos los sueños y achicamos cimientos. Eso hacemos y hemos hecho.
Viajar es hermoso, pero llegar no es fácil, uno nunca vuelve completo, gana y pierde peso. Alma, corazón e intestinos sufren en cada llegada y partida. Pedazos de uno se resignan y abandonan el viaje de ida o de regreso. Así los amigos tienen una porción pequeña de mi alma, donde sea que estén ellos o yo. El corazón en cambio lo reservo para mi familia pequeña, lo dejo en sus manos cada vez que me alejo.
Ellos se quedan con todo el músculo cardíaco por razones poco razonables, más que nada emocionales. Se lo ganaron de apoco, con caricias de mamitas pequeñas antes y con los "miní papi, mini (vení papi, vení)" cada vez que internet me facilita el puñal de la distancia acortada por la instantánea de la video conferencia.
Nos vemos pronto, lo juro.
Resultó que viajando, cruzando muchas fronteras, la intención existió, como existe de estar aquí cada vez que pueda, quiera o necesite.
Pero la escusa que me redime es la novela que escribo, no me quita el sueño pero si el tiempo de pasarme golpeando teclas entre presión y nervios.
Ya vendrá gente, la tendrán a mano y hasta me animaré con algún anticipo. Irrelevante para la literatura seguramente pero espero que merezca la mugre de los libros de playa algún día por lo menos.
Estuve en la madre patria unos días, no la biológica España sino la conquistadora, la apropiadora USA. Allí donde el primer mundo se pasea por cada rincón. Incluso donde duermen los indigentes los sueños de los esclavos, o las pesadillas placenteras distantes de el mundo perverso que los rodea, casi como en todas partes, el olvido te vuelve invisible y las lágrimas te coronan solitario.
Orden incómodo el de andar tan ordenado, hasta el desorden tiene lugares preasignados. Abandono el idioma de Cervantes y Cortazar, pero Borges me susurra al oído que aproveche y que me atreva con el de Shakespeare. Le hago caso y me río, me escucho delirando, animándome a más de lo debido. Concedo el adjetivo sustantivo de turista sudamericano, a quién le duelen los precios tanto como los callos de caminar para conocer y evitar los taxis y el tránsito.
Me despierto un sábado en la ciudad de los petroleros y el mundo parece detenido, salgo a la calle y siento que la humanidad ha terminado y soy el último habitante vivo del planeta. Hasta que veo a mis congéneres culturales, los latinos, inmigrantes la mayoría, ilegales casi todos, que pintan de impecable una ciudad casi desierta.
Marta, Francisco, José, María, Rosa, todos López, García, Montes, Lozada o simplemente Ruiz.
Son las variables ocultas de ajuste de una economía increíble, abaratan las tareas operativas. Esos negritos, gordos de mal alimentados, o los mojados latinos hacen funcionar el mundo como los duendes de Papa Noel fabricando juguetes. Barren, cuidan, cortan, levantan, construyen, arreglan, limpian, ordenan y sobreviven con poco.
Economía del primer mundo hipocresía de cuarta. Un país increíble, de gente agradable pensado en grande para afuera, manejado apenas hacia dentro.
Extrañe el mate, la humedad, la siesta, el mangueo, la coima y el asado. Me sentí incómodo pensando en el orden que buscamos por estos pagos, queriendo ir hacia un lugar que no existe, si no es que lo creamos. NOSOTROS.
Nos olvidamos de creen que podemos ser "nosotros", confiar y pensar que hay mucho trabajo en camino para construirnos en la complejidad de hacerlo inclusivamente amplio y simple. Agrandamos los sueños y achicamos cimientos. Eso hacemos y hemos hecho.
Viajar es hermoso, pero llegar no es fácil, uno nunca vuelve completo, gana y pierde peso. Alma, corazón e intestinos sufren en cada llegada y partida. Pedazos de uno se resignan y abandonan el viaje de ida o de regreso. Así los amigos tienen una porción pequeña de mi alma, donde sea que estén ellos o yo. El corazón en cambio lo reservo para mi familia pequeña, lo dejo en sus manos cada vez que me alejo.
Ellos se quedan con todo el músculo cardíaco por razones poco razonables, más que nada emocionales. Se lo ganaron de apoco, con caricias de mamitas pequeñas antes y con los "miní papi, mini (vení papi, vení)" cada vez que internet me facilita el puñal de la distancia acortada por la instantánea de la video conferencia.
Nos vemos pronto, lo juro.
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